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SAYAGO: DELCIOSO Y CERCANO

Sergio Aguilar Vázquez
Carbellino de Sayago


Hay un grupo de gente especial que se empeña en buscar esa paz del espíritu que tanto cuesta mantener en este mundo agitado por política, inflación, hipotecas, contratos... Lo inmaterial de la persona es tan maleable que se modifica con aquellas circunstancias en las que nos encontramos durante nuestros quehaceres diarios. ¡El ambiente nos fabrica el carácter! Es esa gente especial la que se da cuenta de que no son los lujos ni exquisiteces, ni las vidas reposadas de los hombres poderosos, sino mera técnica que trata de imitar lo que, de por sí, da la naturaleza. No son escultura, arquitectura, pintura y música sino escuetos recortes de las maravillas que se encuentran por doquier todas juntas en cualquiera de los paisajes que conservan su pureza. Parece así el arte un pobre imitador de la natura, y nuestro mundo un envidioso robot tan perfecto que acabará comiéndose la magia de la vida. Por fortuna para todos aquellos que buscan esa paz del espíritu, aún quedan en la Tierra joyas puras sin ser domesticadas por el torno pulidor de lo “civilizado”. Y no hablo yo de Áfricas, ni me estoy refiriendo a Indias o Antártidas. A menos de 40 leguas de la ciudad de Valladolid, al sudoeste de la provincia de Zamora, se encuentra una pequeña esmeralda en bruto, un reguero de rocas redondas salpicadas por encinas, una tierra de verdes pastos, alfombras amarillas de escobas, morados piornales de cantuesos, albas flotantes de ranúnculos y rosadas peonías… Un paraíso del lobo, el gato montés, el tejón, el lagarto, el alimoche, el buitre y la cigüeña negra. Una tierra salvaje de ganado con la libertad recortada en sus cortinas, en sus lomeras y barrancos y rodeada por el foso de sus ríos: sandwich de Duero y Tormes, salteado de granito. Seis letras que se colocan dando la marca registrada a este producto fruto de la imaginación de unos dioses con un gusto estupendo: SAYAGO.

La historia parece haber pasado por aquí de puntillas y hasta hace pocos años no era difícil encontrarse con carencias gemelas a aquellas de Las Hurdes buñuelescas. Incluso hoy en día nos encontraremos con estampas propias de otros siglos. En más de mil kilómetros cuadrados apenas diez mil almas rumian su existir en silencio. Durante la visita, a pesar de que muchas veces lo tímido se disfrazará de hosco, nunca faltará explicación, narración o curiosidad a cualquiera de las demandas que se les haga a sus habitantes, y siempre lo harán con una enorme sonrisa, asombrados como estarán de que a aquellos forasteros les parezca interesante esta tierra suya “tan normal”.
Injusta es la literatura con estas gentes. En las enciclopedias más antiguas el vocablo “sayagués” aparecía como calificativo de mal gusto. En los entremeses y sainetes del Siglo de Oro la figura del sayagués fue ridiculizada por los grandes autores de teatro, y su peculiar forma de hablar el castellano, con infinidad de palabros aún intactos desde hace siglos, hicieron que, incluso en el Quijote, escribiera Cervantes de esta humilde tierra a través de un pensamiento de su loco hidalgo: “Hablaba encantada y convertida de princesa en labradora, de Dulcinea del Toboso en una villana de Sayago”. Nunca tuvo Sayago posibilidad de rebatir a nadie porque mientras otros escribían sobre ella, los sayagueses se afanaban por seguir viviendo.
Sin embargo, a pesar de su apariencia pacífica, siempre hubo en la comarca una necesidad de lucha contra todo aquello que imponían desde fuera los que no la conocían y la sometían:
En el siglo II a. de C., durante la dominación de la gigante Roma, nació en un pequeño chozo sayagués de Torrefrades un niño al que llamaron Viriato que, siendo pastor, se convirtió pronto en el rey de los lusitanos. El “Terror Romanorum”, como lo llamaban en la capital del imperio, fue una especie de Astérix real que se opuso a la opresión de su pueblo. Luchó contra las tropas romanas con hondas y arcos. La táctica bélica de “guerra de guerrillas”, que aún es utilizada en muchos de los conflictos internacionales, fue parida de la cabeza de este cabrero y usada, por primera vez en la historia, en esta tierra que ahora parece tan tranquila. Aún hoy se conmemoran las victorias de Viriato sobre los romanos el primer domingo de junio en la localidad de Fariza.
En 1.158 estas tierras sirvieron de refugio a los cabecillas del llamado “Motín de la Trucha”, con su líder el pellitero Benito a la cabeza, quienes prendieron fuego a la iglesia de Santa María de Zamora con toda la nobleza en su interior. Desde los páramos de Los Arribes sayagueses consiguieron que el rey Fernando II de León escuchara sus reivindicaciones y mejoraran así las relaciones burguesía-nobleza del reino.
La invasión musulmana de la península aisló a esta comarca que se convirtió en tierra de nadie en la que no dominaban realmente ni moros, ni cristianos. Fue una época en la que la despoblación convirtió la zona en un salvaje territorio donde la naturaleza prácticamente campó a sus anchas hasta el siglo XIV.
En el siglo XVI, en pleno levantamiento comunero contra Carlos V, Sayago entró en la historia cuando Fermoselle, valuarte del Obispo de Zamora, el malfinado Acuña, convirtió su castillo en la última plaza insobornable de la lealtad a Castilla, el último reducto comunero del levantamiento, incluso después de Villalar, y pagó grandemente por su fidelidad al pueblo: la fortaleza fue desmontada y toda la comarca se vio marginada por el emperador y sus descendientes.
En el siglo XVII un reducido grupo de pastores sayagueses logró hacer saltar por los aires una de las más importantes fortalezas fronterizas en la guerra contra Portugal: Miranda do Douro. Se contaron por cientos los lusos que perdieron la vida y gran parte de la ciudad fue destruida.
La Guerra de la Independencia, finalmente, se cebó en esta tierra como lo hizo en muchas otras y Sayago, en realidad, no logra levantar cabeza desde entonces.
Más recientemente fue olvidada por Repúblicas y Dictaduras porque este pueblo carece de ideologías transitorias y se mantiene fiel a la tierra que siempre le ha acompañado. Poco a poco la historia ha ido domando el carácter de esta gente que, desencantados en gran parte, se han ido convenciendo de lo inútil que es la violencia y lo absurdo del aparentar. La gente que aquí vive valora más que nosotros las comodidades de la vida moderna y tal vez por eso no abuse de ellas. La realidad es la dura vida del día a día y el tiempo se ocupa de lo básico sin apariencias, sin lujos, sin obsesiones, aunque también sin protestas. Ni siquiera el proyecto de instalación de un cementerio nuclear o la inminente colocación de una central térmica en las tripas de sus montes ha logrado movilizar firmemente a los sayagueses diezmados por la emigración, aislados por su falta de comunicaciones y debilitados por la edad. Demasiados puntos débiles…
Desde la mula prehistórica de Villardiegua hasta el puente de hierro de Villadepera, desde los alfares de Pereruela a las paredes de granito de Roelos, desde los chiviteros de Torregamones al embalse de Carbellino, pasando por los viñedos y los olivos de los bancales de Fermoselle, o el balneario de aguas sulfurosas de Almeida, se palpa un mismo sentimiento, se nota un punto de unión en las arrugas curtidas sobre las pieles de sus habitantes. Sayago tiene sus canciones y sus bailes, sus tradiciones, su gastronomía, su habla, su clima, su carácter, su arquitectura y su historia… Este es un país cuya única frontera es la de los impresionantes cortados de los Arribes del Duero, en el que se guarda la identidad más pura que se pueda poseer, aquella que está dentro de cada cual y que es elegida libremente, sin legislaciones: la identificación del hombre con su tierra. Cuando la visitéis y veáis una encina con el áspero tronco retorcido y sus ramas apuntando al cielo como una mano abierta, cuando os encontréis un arroyo desplomándose desde una roca, cuando acariciéis el musgo verde sobre las peñas, cuando oigáis el croar de las ranas a la fresca de las charcas… veréis en todo ello al alma del sayagués.

Para todos aquellos que quieran encontrar la paz de su espíritu: descubrid Sayago; hace falta poco más para ser feliz. Tan sólo querer serlo.

Sergio Aguilar Vázquez
gorsei@yahoo.com


Sergio Aguilar