Jesús Villar
Agosto, 2010
Una luna grande y llena se asoma por la loma quebrada
del Zarrampial cuando aún en el horizonte opuesto
quedan rastros rojizos del sol que se marcha a lomos de
tierras portuguesas. La calma se rompe momentáneamente
sobre la cañada donde un pastor avalla una piara grande
de ovejas. Hace tiempo que no llueve sobre Sayago y la
tierra de los caminos llora polvo al paso cansino de las
reses. La hierba abundante de la última primavera
aún permanece, seca ya, y con aromas vivos en la orilla
del camino.-¡Buenas tardes Secundino, que, ¿cariando
el ganao?
-Pues aquí andamos en ello. En nuestro oficio...
-Buena pinta tienen este año las ovejas se nota que han
tenido buena primavera o que tienen buen pastor...
-Bueno hombre, pues sí, buena primavera si tuvimos pero
palante no se, el verano esta viniendo mi caluroso y mi
seco. Ya va faltando hasta el agua pa beber y como no
llueva pronto no se como nos vamos a arreglar. Las
ovejas y nosotros porque si no hay agua ni ellas beben
ni sale pasto nuevo y el tardío sin yerba acaba con los
animales y con los pastores que vivimos a expensas.
-Bueno, hombre todavía estamos en agosto. Es tiempo de
calores y por estas fechas y con el cambio de luna,
acaso el tiempo cambie y pronto llueva.
-No se yo hombre, no se yo... Mira el sol como se ha
puesto hoy, colorao como la sangre; eso quier decir más
calor pa mañana y no veo yo tampoco en la luna señales
de cambiar el tiempo. Suel tener otro semblante al
asomar por entre las encinas del monte y no este que
parece que está ella sola en tol cielo. Ni una gadeja de
nubes, ni una miaja siquiera de algo que la estorbe. No
se que le pasa últimamente al tiempo pero anda
escandajao.
-Secundino, un pastor gastado que conserva el morral y
la cayata desde que se echó al monte allá por la mitad
del siglo pasado, se dobla a por un canto que lanza con
precisión y destreza al paso de unas ovejas que se salen
del sendero. Una perrita blanca y negra que echada junto
al pastor parecía dormida, salta como un muelle y se va
detrás del canto al que alcanza antes de acabar de rodar
y con un ladrido asusta a las tres ovejas que desisten
de su aventura y vuelven corriendo a esconderse entre
las demás. Un mastín enorme del color del paisaje, se
queda mirando la escena subido en una peña al otro lado
del rebaño pero sólo mira. Sabe que esa labor de
arretropar ovejas no es la suya; que la suya es la de
vigilar y atacar si cabe al lobo que no hace muchos días
anduvo por aquí queriendo llevarse por la fuerza un par
de ovejas de la majada donde dormían. Pero el
grandullón, dice Secundino, estuvo bien y en su
sitio y amedrentó al punto con feroces avisos a la
alimaña que no tuvo más remedio que marchar con el rabo
entre las patas.
-Era un lobo grande pero, si lo ves que alma llevaba...
-¿Cuando piensas dejar de ser pastor Secundino?
-¡Uyyy, hombre..! Hasta que no pueda uno moverse o andar
detrás de ellas. No ves que es la vida que ha tenido uno
desde chiquito y, ¿que va a hacer uno si no es andar
paquí, pal monte cuidando las ovejas? Tampoco se está
tan mal aunque se gana poco. Pero el gasto que uno tiene
tampoco es mucho y mira, por lo menos paquí se está
tranquilo. No como pahí, pa donde vosotros andáis, pa la
capital, que según diz el arradio, to los días están
pasando cosas. La gente anda a la greña por un te quito
aquí, allí te pongo y nunca se ponen de acuerdo. Aquí,
eso no pasa. Aquí, lo peor es el tiempo que de unos años
pacá, anda algo escandajao...
A lo lejos, allá donde un pueblo sayagués está hoy de
fiesta, un manojo de luz se desprende alumbrando la
noche y una orquesta suena mientras afina sus notas. Es
agosto y la música se enreda en las plazas animando las
noches de los que estaban aquí y los que vinieron de
lejos. Pero a Secundino, el viejo pastor, no parece
importarle la música estridente que se oye allá en la
lejanía. El, prefiere el tintineo sosegado de los
changarros de sus ovejas mientras pastan tranquilas a la
luz difusa del oscurecer...
Agosto, 2010
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