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FEBRERO |
Jesús Villar
Febrero, 2010
Las nubes cubren los horizontes a la redonda y
llueve desde hace horas. Hay muchos charcos en el corral
y las gotas de lluvia se estampan en ellos produciendo
grandes "borbolletes"; señal, decía siempre mi abuela,
de que "se va a tirar rato lloviendo". Las ramas de la
parra ahora desnudas de hojas, parecen estar llorando y
el canalón de hojalata que armó hace muchos años aquel
abuelo, deja escapar el agua por multitud de agujeros
cayendo en pequeños y ruidosos chorros sobre las
lanchas. Una mata verde intenso de "vasilios" que ya a
nadie estorba y que ha nacido entre las piedras de la
pared, derrama el agua de sus vasos sobre la tierra a
medida que se llenan. Unos cuantos zarzales salen con
fuerza del suelo y de las tallas alargando las ramas
hacia todas las direcciones en misión insaciable de
conquista. En el carretero, dos pardales se sacuden el
plumaje y se refugian de la lluvia posados en las
estacas que están clavadas en la pared bajo la barda de
escobas desde hace cien años. Hay otras estacas
que son también el soporte de viejos aperos de las que
cuelgan colleras, los restos de una melena, unas
cornales, sogas rotas, un yugo de pareja y más aperos
que hace mucho tiempo dejaron de hacer labor de trilla o
sementera. En el suelo, hay un arado sin tornos y sin
mancera con la reja roma y "enferrujada". La "gadaña" y
unas hoces, cuelgan también de su propia estaca. En sus
hojas se nota bien que falta mucho acero; es sin duda,
el que quedó perdido en largas jornadas de trabajo entre
la hierba de los prados y las gavillas de centeno.
Ahí está también como no, en el carretero, al cobijo de
la lluvia y del tiempo, como dormido, el carro. En un
estado de quietud que dura ya demasiados años y del que
nadie parece tener intención de despertarlo. Es el mismo
carro que tuvo su época de gloria cuando cargado hasta
muy alto de leña en invierno o de pan en verano, iba y
venía todos los días sin parar, con el eje bien
engrasado, cantando alegre por las cañadas y los caminos
de Sayago. El carro llegó a ser aquí tan importante, tan
necesario, que después del amor, solía ser el sueño de
muchos recién casados. Tener carro era una aspiración
sublime, máxima: -¡Sólo que pudiéramos tener un carro...
Y cuando por fin, si el carro llegaba, los nuestros lo
lucían orgullosos compitiendo con el bien cargado de
manojos y tirado por una robusta pareja de vacas
acostumbradas a seguir fielmente al amo que
satisfecho y contento, caminaba delante silbando una
melodía de temporada.
Pero un día, cuando el amo se quedó sin fuerza para
caminar silbando delante de las vacas el carro se paró.
Y desde entonces, descansa ahí con los demás aperos en
su carretero, aguantando en el "sojao" el escaso peso de
unos piornos secos que ya la lumbre no necesita ni
reclama. Ya no volverán a cantar sus ejes ni será
necesario engrasarlos porque ya no hará mas viajes al
monte a traer leña ni volverá cargado una y otra vez con
manojos de centeno hasta la era. Ya nunca más se quejarán las ruedas doloridas por el golpeteo al
tropezar en las piedras salidas de los caminos. Ahora,
el carro ya no dice ni hace nada. Tiene la cabeza de la
viga sin el yugo apoyada sobre el suelo, como humillada.
Como pidiendo al Dios de los carros que de no ser
necesario para ir al monte a por leña o a por pan, mejor
estar ahí, así, en silencio descansando como el amo
cuando se hizo viejo. O todo lo mas, acompañado de los
sonidos del viento y de los pájaros. No vaya a ser el
demonio que alguien sepa que está aquí, indefenso, y se
lo lleven a quien sabe donde, pero muy lejos de Sayago.
Acaso a parar a cualquier restaurante sin sentido ni
motivo. Con el único fin de que al pasar lo contemplen
los turistas que nunca supieron nada de la historia ni
de valor de nuestros carros...
Sólo el viento de tempuria en formación de "zumbanera",
o ciclogénesis explosiva como por lo visto se llaman
ahora, silba furioso mientras pasa veloz volando sobre
los tejados del corral y de la casa. La chimenea de
piedra y barro medio descascarillada, también sigue ahí,
en lo más alto del tejado, quieta, como asustada, sin
decir nada. Sin humos blancos que ofrecerle al viento,
ni olores a lumbre, a calor de cocina, a viandas
colgadas, a nada...Febrero, 2010
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