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EL MOLINO |
Jesús Villar
Enero, 2010
El agua de la rivera corre ávida por
entre las paredes de piedra de los huertos y cortinos.
Viene de lejos y va con prisa; como si se le acabara el
tiempo. Se irrita ruidosa cuando se encuentra con los "puntones"
gastados por las vidas y el pisar de nuestra gente.
Choca con fuerza en los pilares que aguantan las losas
de un viejo puente y se retuerce en ellos amasando
piruetas de espuma.
Estamos en enero; ha llovido mucho y las riveras bajan
llenas. Los regatos, sus fieles servidores, aportan
el agua que les llega desde los tesos. De vez en cuando,
las aguas turbulentas se vuelven tranquilas si el
terreno se aplana y en las “verderas”, los juncos se
balancean al ritmo de las suaves embestidas que sobre
ellos provoca la líquida corriente. De entre las peñas
manan regateras que se deslizan veloces y alborotadas como los
niños que jugaban en las lanchas "resbalinas" de épocas
pasadas. Las riveras de Sayago van ahora repletas de
aguas cristalinas que en su agitada carrera golpean
infinitas veces las piedras del barranco limándole las
formas o se abrazan bulliciosas a los troncos del chopal
que creció alto.
Un poco mas abajo, la rivera se tranquiliza y sus aguas
se remansan brevemente en la represa de un molino ya en
silencio antes de caer por el cubo sin tablero hasta el
"rodesno" que ya no rueda ni mueve piedras, ni tampoco
muele harina como hacía en otros tiempos...
Sentado junto a la entrada ya sin puerta del molino, en
una piedra que sirvió hace años de asiento a clientes y molineros
o de apoyo a los costales, hay sentado un hombre ya viejo
con la barbilla y las manos apoyadas sobre la cayata que parece descansando mientras
piensa.
-Buenas tardes tío Palmiro, ¿descansando..?
-Aquí estamos hombre, pensando en cosas, más que
descansar.
-¿En que cosas piensa si se puede saber? ¿Era usted
molinero acaso?
-Aquí estoy, dándole vueltas a la memoria, ahora que el
“rodesno” ya no da vueltas y que el molino ya no anda.
Me estoy acordando de cuando no paraba de moler ni a la
noche ni de día. En llegando por ahora que la rivera
venía crecida ya los molinos no paraban
de moler. Pero ahora, ya lo ves, ahí están todos
derrumbaos y perdidos. Viendo pasar el agua por
debajo con la fuerza que trae. ¡Que pena es dejarla
marchar así, sin hacer ningún trabajo, así sin más…
-¿Era de usted este molino?
-Sí hombre, era mío, bueno, de casa, y lo sigue siendo,
pero ya lo ves, ahora ya no vale pa nada... Ni puertas
tién siquiera. Hace muchos años que dejó de moler y las
cosas cuando no se usan, ya se sabe… Este molino lo
heredó mi padre de mi abuelo que ya venía de patrás, de
los suyos que también serían molineros. ¡Quien sabe
cuantas vidas habrán pasao por el, y cuantos costales de
grano habrán molido… Hará pa más de treinta años que
dejó de moler y aquí está, ya lo ves, pa que entren a
dormir a la noche los pájaros. Pa nada más...
-¿Había mas molinos verdad tío Palmiro?
-Sí hombre, aquí en esta rivera había unos cuantos. Lo
menos había cinco. Y todos molían llegando el tiempo. Se llegó
a moler mucho grano en esta rivera cuando andaban. Ahora
ya están todos igual, derribaos o comidos por los
zarzales.
-Este hacía mi buena harina y aguantaba mucho a moler. -Dice el hombre mientras con
una mano acaricia una piedra
de la puerta.
-Hubo días de llegar a moler hasta tres cargas de
centeno en una noche. No paraba, y si las piedras
estaban atendidas se hacía en el mucha jera.
-Por entonces, aquí había mucho trajín. No dejaban de
pasar los burricos cargaos con costales por la orilla de
la rivera pa abajo y pa arriba, pa arriba y pa abajo.
-¿Se ganaba mucho con el oficio de molinero tío Palmiro?
-¡Quiá, se ganaba mi poco. Perras, ninguna porque la
gente entonces no tenía perras. Así que sólo te quedaba la
maquila, algo de harina pa el gasto de casa. Poco más.
-¿La maquila? ¿Qué era eso?
-Era una parte de harina de cada costal que se solía
quedar el molinero. Mi poquita cosa. Había quien, sí que
se aprovechaba y dejaba más de la cuenta pero nosotros
nos quedábamos lo justo y así teníemos contenta la
clientela.
Y ahora tío Palmiro, ¿Viene al molino a recordar
aquellos tiempos verdad?
-Pues claro hombre, ¿a qué si no? Se le haz a uno el día
mi largo y aquí, con el ruido del agua y si uno
escucha bien, parece que entodavía se puede oír el cantar de
las piedras y el golpeteo de la tolva. Fueron muchos
días y muchos inviernos que uno pasó aquí con estas
tareas y eso se lleva metido en la cabeza y no se
olvida. Pero a veces cuesta hombre, cuesta entender como
las cosas cambian. Aunque, bueno, acaso sea pa mejor.
Nunca se sabe.
-¿Sabe tío Palmiro que hay ayudas económicas para
arreglar los molinos?
-Algo se ha oído por aquí de eso. Que hay quien los
arregla pa que los vengan a ver los turistas. Pero lo
que hacía falta es que vinieran y trajeran grano
pa moler. No sólo a verlos. O eso me parece a mi...
El viejo molinero con la mano temblorosa se coloca la
boina dándole un pequeño giro. Saca del bolsillo del
pantalón un pañuelo arrugado y se limpia una lágrima que
le resbala por la mejilla.
Allí arriba, en lo más alto de la copa de un fresno, un
mirlo joven que parece tener prisa por cantarle a la
primavera, mezcla sus trinos con el murmullo incesante
del agua de la rivera...
Enero, 2010
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