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LABORES Y FORMAS
Durante siglos nuestra gente hubo de hacer su trabajo y sus labores de acuerdo con las condiciones específicas y peculiares de esta tierra. Siendo aquí tan escasos los recursos, nuestros antepasados no tuvieron mas remedio que utilizarlos valiéndose de un extraordinario sentido del ahorro y la austeridad. En esta sección pretendemos analizar las diversas tareas cotidianas en tiempos pasados. Pero no sólo las formas materiales de desarrollar una labor determinada, también lo que en muchos casos era incluso más importante como por ejemplo las costumbres comunitarias y colectivas de trabajo y cooperación. En la actualidad ya nada es lo mismo. Son muy pocos los que mantienen las ancestrales formas de trabajo. Sin embargo, nos consta que es bueno que no olvidemos que en las antiguas costumbres hay características y elementos que bien vale la pena conocer y recordar. Como se hacía la matanza, las labores de sembrado y cosecha, los trabajos comunitarios en la era, la limpia, el muelo, las vendimias, las "fajinas", etc. etc. Nuestros pueblos son muy viejos pero en ellos, en sus casas, en sus montes y en sus piedras, permanecen gastadas pero aun visibles, las muestras de sabiduría popular de las que se ha nutrido durante tanto tiempo nuestra cultura. Creemos que estamos obligados a guardarlos también en nuestras memorias y mantenerlos vivos el máximo tiempo posible.

La siega
Llegados los primeros días del mes de Julio, las familias sayaguesas, comenzaban una de las labores más duras y trabajosas del año: la siega. Todo comenzaba cuando los centenos tomaban el color dorado que indicaba granos maduros y paja seca. Se solía comenzar por las tierras más aireadas. El abuelo después de haber tocado con sus expertas manos las espigas para comprobar su madurez, decidía que era el momento propicio y el mismo, iniciaba los preparativos sacando las hoces, y piedras para aguzarlas, el cuerno del agua para mantener húmedas las piedras, los sombreros de paja y otros aperos necesarios para llevar a cabo la labor. Sólo unos pocos privilegiados tenían la suerte de quedarse en esos días en los pueblos que tomaban el aspecto triste de estar casi por completo deshabitados. Solían ser los más ancianos a los que sus piernas ya gastadas les impedían llegar hasta las tierras sembradas de los montes lejanos. También era fácil ver al cura cuando en nuestros pueblos había cura, y sus sirvientes o familiares allegados paseando a la sombra fresca de las moreras junto a la iglesia; y los gatos que en estos días sin amo y sin sobras de comida, se dedicaban a ir de chimenea en chimenea, "miagando" hambrientos sobre los tejados. Con la salida del sol, las familias enteras con los burricos bien cargados con alforjas repletas de avituallamiento, salían hacia las tierras donde el centeno esperaba dorado y maduro la llegada de los segadores. Había trabajo para todos. Hombres, mujeres y niños tenían asignada desde muy antiguo una tarea mas o menos apropiada. Los más fuertes segaban a tres "cerros" y los que menos dos o uno según la edad y la destreza y los que por su edad no segaban recogían espigas sueltas o juntaban los manojos.

Cuando el sol marcaba las diez se hacía una pequeña pausa para el primer regojo que por lo general consistía en algo de vianda, sardinas en lata y siempre el sabroso pan de centeno amasado en casa. No solía faltar en esos días especialmente duros una calabaza con vino de Fermoselle tan apropiado para animar los cuerpos y también los ánimos haciendo de ese modo algo más soportable la tarea. También como no, el botijo de barro perigüelano capaz de mantener el agua fresca con sólo dejarlo durante un tiempo reposando a la sombra junto al tronco de un roble o una encina. Al mediodía, otra parada esta vez algo más larga cuando el sol se mostraba más impetuoso en su afán de de aplastarlo todo con su fuego y con su luz. En la misma sombra del barril perigüelano, dormían y jugaban con los escarabajos y las hormigas los más rapaces aun niños mientras los perros con sus enormes lenguas lamían sin parar la brisa que llegaba en el escaso viento. A las tardes, interminables en esa época, se les hacía otra pequeña "mella" a eso de las cinco. Era la hora de los "sopos en vino" consistentes en echar en una cazuela los restos de pan y de vino, aderezarlos con azúcar y que eran bebidos en "roda". Al final de la tarde cuando el sol decidía que era hora de apaciguar su rabia y bajar de su alto cielo a esconderse del otro lado de los tesos, se hacían las últimas "sucadas". Al fin, la vuelta a casa para sentir durante unas poquitas horas la caricia relajante del catre sobre las maltrechas y doloridas espaldas.

La siega en los pueblos del Sayago alto donde las cosechas eran mucho más abundantes, eran más largas por lo que se hacía necesario contratar a grandes cuadrillas de segadores de todas las edades y sexos que en buena armonía trataban de hacer más llevadera la jornada con alegres y picantes cantares hoy también olvidados. Olvidándose están también ahora todas estas formas, y con ellas, el trabajo y el sufrimiento de nuestras gentes en aquellos tiempos. Grandes máquinas se pasean ahora por nuestros campos haciendo casi ellas solas la labor de todos nuestros abuelos. Todo ha cambiado por suerte en Sayago pero, creemos que no está demás hacer memoria de aquellos días en que nuestros padres y abuelos trabajaron tan duramente para sobrevivir ellos mismos y para que nosotros, el futuro incierto de esta tierra, pudiéramos alcanzar mejores formas de vida.

La vendimia
Es el tiempo de la vendimia. Octubre,  ha pintado de amarillos y cobrizos los viñedos y "parrales". Ambos muestran ahora el color maduro de sus frutos.  Son estos  días de labor muy dura, pero de júbilo y alegría para  las gentes de esta tierra.  Las tinajas y toneles de las bodegas sayaguesas suenan a silencio y  huelen a vacío. Es la hora de llenar otra vez sus vientres con los espíritus  benignos de un buen vino. Vino,  que ha sido acariciado, mimado y alimentado por el sol y el aire de nuestro trocito de Duero.

Es la hora; se madruga, se preparan los aperos y se "untaba el carro" en otros tiempos... Se limpian cestos y "esnales" y se disponen los necesarios  cacharros. Hay que hacer que nada falte después en la viña; ni tampoco el "regojo" que suele ser algún queso y aquel último embutido algo rancio ya, que se quedó reservado para el momento. 

Nuestras gentes se hermanan también para esta "gera". Como en casi todo; como se hizo  siempre aquí, en este Sayago tan viejo. Se ayudan unos a otros y juntos  comentan las bondades de "oguaño" en las cosechas. Allá, en la viña del tío Tomás,  se oye a un hombre cantar entre el rugir pausado de las cepas. De pronto,  un can que topó junto a un zarzal con la "pista" de un conejo,  corre que se las pela avisando con sus gritos de que allí va... su eterna y ansiada presa. Los vendimiadores se levantan y el mozo de la viña del tío Tomás, para un momento la tonada para  "vociarle" frases de ánimo a los perros que inutilmente  persiguen "latiendo" al viejo y sabio gazapo... 

Se comparte el trabajo y el "regojo". Unos tragos del vino añejo, sirven entre acostumbrados brindis los deseos de tiempos venideros...
-¡Que "haiga" salud...!
-¡Que Dios lo quiera, y que el vino nos salga bueno..!

Mientras los hombres cargan los cestos de los que ya  el  mosto empieza a manar, los rapaces corren por la viña al "rebusco" de los "gajos" que se quedaron dormidos entre el rendido ramaje de la madre cepa.  

Y cuando la tarde ya desfallece y nuestros  horizontes se tornan chispeantes, comienzan los vendimiadores la vuelta  a casa. Por los caminos van y vienen  nuestras gentes cansadas pero alegres respirando aires repletos ahora de aromas dulces y exquisitos.

El "lagar", que durante el año sirvió de guardián de "esnales", cestos y alforjas, espera impaciente la llegada del fruto al que dar la primera forma y para lo que  fue concebido. Allí, aún hoy, podemos ver como algunos de los nuestros pisan   las uvas hasta sacarles toda la esencia que llevan en su alma de manera tradicional y con el ancestral y heredado estilo.

Antaño, la vendimia era como una gran fiesta. Es bien fácil recordar, casi escucharlo, el cántico alborotado de muchos carros rodando en "hilera" por los  viejos, gastados y estrechos caminos del viñedo. Y sobre los carros, muchos  niños saltando dentro de los cestos. Era el día de la vendimia. Era, como una fiesta. A la vuelta, igual, porque en aquellos carros casi siempre había sitio. Y si no lo había, seguro que algún "bueco" quedaba en el carro de un  vecino... 

Hoy, ya nada es igual. Todo lo va cambiando el progreso. Pero aún así, la vendimia sigue siendo en Sayago un tiempo alegre y bendito. Será quizás porque a Dios también le gustan nuestros vinos..?

La matanza
Diciembre y Enero, son en nuestra tierra el tiempo de "las matanzas". Los "cebones" a duras penas pueden ya mover sus pesados cuerpos por el corral. Las despensas se han quedado vacías y es la hora de reponerlas con viandas nuevas de las que se alimentará durante otro largo año la familia sayaguesa. En la víspera del día de la matanza, "el ama", se acerca a la pocilga con una caja de "salvaos" que serán para el cebón la última comida. El ama, que tantos mimos y cuidados dedicó durante el año al animal, no puede ahora evitar en su interior el arañar de la pena. El cebón, parece saber que su fin se acerca y la mira tiernamente mientras deja en el aire débiles y compasivos gemidos.
La noche viene fría, "espargida", y las estrellas van poco a poco llenando el cielo de fulgurantes brillos. Es buena señal porque los tejados amanecerán pintados de blanco y las nieblas matutinas y la cenceñada propiciarán las temperaturas idóneas para el buen hacer de la matanza.

Durante la noche, el ama, duerme poco. Ella es la encargada de casi todos los preparativos para el día siguiente entre los que está el preparar y dar sazón a los "pistorejos" compuestos por las orejas y patas de la matanza del año anterior y que se guardaron como es tradición para el primer almuerzo del día de la matanza. Se cuecen en un pote grande con lumbre floja acompañados de un pedazo de calabaza que servirá más tarde como ingrediente de las morcillas.

Al amanecer, los gallos despiertan al ruido que producen las aldabas cuando llegan los familiares que han de participar en la labor de la matanza. Suelen ser los hombres y mozos los primeros en llegar. El frío es ahora intenso y el ama anima con el fuelle unos maderos que se queman en la lumbre. Los "pistorejos" están ya sobre la mesa y junto a ellos una jarra con vino de la propia cosecha. Al final, una botella con aguardiente de Fermoselle de la que se sirvieron durante toda la vida nuestros abuelos para calmar muchos males, fríos y desazones. A punto están ya los hombres mas viejos, los mozos, muchachos y hasta los niños.

La matanza es un acontecimiento largamente esperado, una fiesta grande y todos quieren estar listos desde las primeras horas. El amo, algunas veces el abuelo, es quien decide las estrategias para llevar el cebón hasta el banco de sacrificio. A menudo es otra vez el ama quien se acerca al animal "rugiendo" las bellotas de una lata y haciendo de esa manera que el cebón muy hambriento, la siga hasta las cercanías de su desafortunado destino. Una vez allí, los mozos le cogen por las orejas mientras otros sujetan sus patas. Los rapaces con más coraje se agarran del rabo. El cebón "gruñe" agudos alaridos sobre el banco inmovilizado por la fuerza de los hombres. Conducido por una mano experta el cuchillo busca en el animal la fuente de su vida y no tarda en encontrarla. El ama, pone una "herrada" donde se recoge la sangre que es agitada con el huso de una rueca para mantenerla en estado líquido. Pero lo hace con su mirada puesta en otro lado. Sabe que aquel sacrificio es necesario, pero nunca soportó el sufrimiento de los animales que ella cuidó. Los gruñidos del cebón vuelan por encima de los corrales y se mezclan con otros que vienen desde otras casas donde también es hoy día de matanza. Los gallos, como sabiéndose testigos de un día de acontecimientos extraordinarios, cantan más fuerte acaso para tratar de ahogar con sus cantares los gritos desgarrados de la muerte.

Los hombres comienzan a limpiar la dura piel del cebón con "bálago" que se guardaba para la ocasión en el pajar desde el verano. Como en un rito ancestral se hace un corro que rodea al animal mientras se "chamusca" su cuerpo con manadas de bálago ardiendo. Hacia el mediodía, ya se ha dividido el cebón en sus partes esenciales. Suelen ser los más viejos y experimentados los que deciden como y cuanto quitar de aquí o de allá. Ellos deciden los adobos y las formas. Ellos asistieron a muchas matanzas y saben como hacer mejor estas labores. Las mujeres tienen asignadas de forma tradicional unas tareas determinadas. Ellas preparan las morcillas, los morcones y las tripas donde se embutirán los chorizos y longanizas. El ama, prepara la comida del mediodía con las primeras carnes de la nueva matanza. La comida para todos los asistentes será hoy abundante y generosa. Por fin, después de muchos días de escasez en la despensa, hay otra vez comida fresca en casa y la familia lo aprecia. Se suele repartir algunas carnes del cebón entre los vecinos del barrio. Aquellos que aún no hicieron su matanza o, que quizás carecen de cebón y no pudieron hacerla. En otras épocas no había cebón en todos los corrales aunque siempre hubo falta.

La tarde suele destinarse a los adobos pero ya sin prisa; dicen los que saben que no hay que tenerla. Los adobos deben dejarse una noche en las "artesas" eso si, con las puertas de la despensa bien cerradas para que sólo el frío sereno del relente penetre y no el gato que lleva todo el día "arreponciando" de aquí y de allá, y corriendo a esconderse en sus dominios bajo los escaños de la cocina vieja. Las morcillas hierven en la caldera. Un hombre con una cuchara de madera muy larga las mueve y las pincha con una "subina" para que salga el aire que pueda haber en su interior. Le sigue el "hacer la manteca". Tarea difícil y arriesgada pues la caldera alcanza muy altas temperaturas. De ella saldrán los chicharrones, el pan con azúcar, las manzanas y membrillos, las rosetas... Delicias que estarán a punto para endulzar la cena.

La cena del día de la matanza en familia junto a la lumbre en una cocina sayaguesa, es uno de los recuerdos que suelen perdurar en las memoria de los niños para todos los días de su vida. Esa fiesta hasta muy tarde donde se contaban y escuchaban historias incluso prohibidas. Cuentos y refranes, historias de brujas, de hombres sin piedad o de pícaros curas. Historias del día de la matanza en Sayago. ¡Cuantas historias y cuanta tradición hoy casi olvidada o ya perdida...

Las longanizas cuelgan al fin de los "barandales" de la cocina vieja. Allí pasarán un tiempo observados y deseados por miradas y paladares hasta que el ama decida cuando es el momento de descolgar una y comprobar que tal quedaron este año las viandas...


EL TRABAJO DE LOS NUESTROS