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ARQUITECTURA POPULAR: MOLINOS

Los molinos son esos elementos de la arquitectura sayaguesa que nos vamos encontrando uniformemente diseminados a lo largo de casi todas nuestra riveras. Ellos, en otros tiempos, transformaban en harina los centenos de nuestros montes. Se encargaban con sus piedras más finas de cernir las esencias del pan con el que se alimentaron durante siglos nuestros abuelos. Ellos, además, ponían con su trabajo música y ronroneo sobre el murmullo alborotado de la rivera. Sus "rodesnos", dieron vueltas y vueltas sin parar durante muchos inviernos y primaveras sin pedir a cambio casi nada...

Pero ahora, la mayoría de nuestros molinos se encuentran como tantas otras cosas, injustamente olvidados y abandonados; con sus "rodesnos" ya rotos o desaparecidos y los zarzales entrando por los tragaluces de sus paredes o por la misma puerta, hasta enredarse en los restos de las tolvas y otros aperos. Las represas que antaño hicieron acopio de las necesarias y líquidas energías, están ya inutilizadas por la ausencia de tantos años sin los mimos y cuidados del molinero.

Nuestros molinos, fueron también lugar de cobijo y de encuentro para los pastores en días de "tempurias" y vientos fríos. En ellos se gestaron leyendas apasionantes como lo fueron casi siempre, las historias que dieron vida a las gentes y a las cosas de esta tierra.

Siendo yo un rapaz, me gustaba estar cerca de los molinos. Y quedarme allí embelesado escuchando el rítmico palpitar de sus zarandas y el rodar de sus piedras; y sentir como el aire se llenaba con el aroma de la harina recién molida. Los molinos, siempre me dieron a mi paz y nunca miedo. Y es que los molinos de las riveras de Sayago, en nada se parecen a los cervantinos y malhumorados gigantes, siempre enredados en peleas con el viento... 

Entre palancas de madera y costales de harina, solía andar de un lado para otro el molinero; era un hombre de aspecto solitario a menudo ya viejo, pero bueno el, y buen hacedor de las labores de aquel oficio. De vez en cuando, arrastraba pesados costales hacia una piedra de altura mitad de camino entre el suelo y un carro o el lomo de un burrico.

Nuestros molinos, seguirán ahí viendo pasar las aguas de infinitos inviernos. Arropados por el chopal y las higueras con sus piedras calladas mientras suena entre el ramaje del zarzal el canto enamorado de un ruiseñor, o del chopo brota alegre la melodía de la oropéndula. Sus paredes y sus piedras se irán cayendo poco a poco hasta quedar sumergidas en las aguas de la rivera de donde saldrán luces diminutas y cristalinas llamando nuestra atención para que sepamos que allí, antaño, también hubo vida; se hizo pan, se amasaron amores, se elaboró una parte de la historia de Sayago y mucho más porque antes allí, había un molino...