Las riveras de nuestra comarca están cruzadas por multitud de puentes y de
puntones. Los hay rústicos y de arquitectura incierta,
pero también hay otros de noble factura y piedras habilmente
labradas que son señal del buen hacer y de la sabiduría de los nuestros.
Los hay que son tan viejos como lo es la historia misma de esta tierra. Piedras
visiblemente gastadas por el pasar de los siglos y por el caminar diario sobre
ellas de gentes laboriosas. Algunos puentes son sólo enormes lanchas de
granito alineadas sobre el regato o la rivera y puestas allí con el
esfuerzo colectivo de nuestros antepasados en un algún día de
fajina. Otros, sin embargo, permanecen aquí desde los remotos
tiempos en que las legiones romanas los construyeron para servirles de paso
en su ir y venir por los diversos caminos, rutas y
calzadas.
Puentes por donde pasó desde antaño el pastor seguido de sus
ovejas; el arador y su pareja o los carros diestramente cargados con
el centeno casi tocando las nubes, en tiempos no tan lejanos y en
días de trajín y de acarriada. Puentes y puntones
que ya estaban aquí cuando nosotros llegamos y que se quedarán aquí después de
irnos soportando soledad, crecidas y tempestades y porfiando por alcanzar la eternidad. Esperando inútilmente
a que sobre ellos pise otra vez el pastor
o suene el crujir de las patas del asno y la cabra en días de siega...
Puntones por los que ahora pasarán turistas
de andar cansino en busca de algo diferente con lo que animar sus ajenas y forasteras
emociones. Turistas que cruzarán las riveras y regatos de
nuestro Sayago contemplando mientras pasan la pureza floral que flota sobre
aguas limpias y cristalinas y escucharán si saben,
la música sublime que sale del remolino cuando se queda abrazado a las
piedras milenarias en los puentes y puntones de nuestras riveras.
J.V.P.
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