Cuando alguien llega por primera vez a Sayago una de las
más fuertes sensaciones es sin duda el contemplar el
tejido de paredes de piedra que sirven de cercados a los
huertos y "cortinos". Y es que durante siglos
nuestros abuelos haciendo uso del material más
abundante que tenían, la piedra, fueron
pacientemente construyendo las paredes de
sus modestas y escasas propiedades. Espacios de tierra muchas
veces de pocos metros cuadrados que sirvieron para el
cultivo de un huerto, un cortino para el "errén"
o diminutas alamedas donde unos pocos álamos
(negrillos) se apretaban compartiendo espacio y luz con
la alameda del vecino.
La arquitectura popular sayaguesa está repleta de esas
construcciones a menudo de aparente equilibrio imposible
y otras de robustez infinita. Fueron muchas
las horas; enorme el esfuerzo y grande el trabajo que
hubieron de realizar nuestros ancestros. Ellos,
aprendieron de la tradición las necesarias reglas y de
la necesidad el estilo. Hicieron de millones de piedras
compañeras de otras piedras y las "asentaron"
sin barro ni cementos sobre si mismas. Con sus
manos tejieron muchos kilómetros de paredes que
eran para ellos esenciales como guardaviñas, huertos y
cortinas.
Al abrigo de esas paredes criaba la perdiz y
multitud de plantas y flores encontraron
a su amparo el necesario microclima que les permitió
ser únicas. Fueron también brigada fiel para pastores
y cobijo de rebaños en días de lluvia y de frío. Fueron,
elementos esenciales en la forma de vida de
nuestra gente y se convirtieron en visibles e
importantes símbolos de nuestra identidad y cultura.
Para algunos de nosotros esas paredes de
piedra siguen siendo hoy valiosos monumentos
y motivo de orgullo entre otras cosas, por la
admiración y el cariño hacia quienes las hicieron y
como las hicieron. Pero para otros
sin embargo, se han convertido al parecer, en inútiles "estorberos",
sólo montones de piedras sin ninguna utilidad o sentido...
Las viejas paredes de nuestras cortinas están
ahora siendo
"derrumbadas" y es fácil ver como una sola
persona y una potente máquina destruye en una
hora el trabajo y la labor de muchos años.
Después, la función de las paredes será
en algunos casos reemplazada por
modernos alambres de espino y en otros simplemente
cederán su sitio al vacío . Su frágil arquitectura
necesitó
siempre de mimos y muchos cuidados; sobre todo, manos que las mantenían
erguidas levantando cuando era necesario las piedras
caídas. Ahora que las manos que las cuidaban ya no
están, sólo les queda a nuestras paredes esperar el
día en que otras manos brutas, y carentes de
sensibilidad, las destruyan para siempre. Ese día es
ya...
J.V.P.
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