Antiguas moradas de bravos y legendarios pastores que poblaron
nuestra tierra desde la lejanía de los tiempos. Cálidos y amorosos
hogares en las noches cuando el frío se acomoda sobre valles y
tesos. Testigos callados de amoríos con mil formas; refugio de
rapaces cuando se oye la voz del miedo y la luz se torna negra...
Sombra fresca para el segador en la hora del regojo o la merienda...
Lecho de plácidas siestas en horas de sol rabioso... Posadas donde
relajar los cuerpos de caminantes sin rumbo... Torres desde donde
llevar la mirada hasta más allá del infinito...
Casitos de las tierras de Sayago; solitarios y olvidados monumentos
a los que algunos que no ven en vosotros mas que piedras, os
desarman y os llevan a la plaza de los pueblos junto al cemento y el
ladrillo que no son vuestros amigos...
Y, cuando estos desalmados hayan desmenuzado vuestros cuerpos, y los
tesos de Sayago ya no tengan monumentos, ¿Donde se subirán los
pastores para ver lo que hay más lejos? y, desde donde llamarán a
los pastores los que están en otros tesos con el grito ancestral del
cuerno...? ¿Donde dormirá la siesta el segador viejo ya y cansado..?
¿Donde se guarecerá el caminante sin rumbo cuando llegue el
aguacero? ¿Donde podrá el amante ocultarse de curiosas miradas
para decir en voz tierna y bajita cuanto ama..?
Los casitos de Sayago; esas audaces arquitecturas que vieron pasar
los siglos guardando fieles la historia de nuestros ancestros y que
ahora, esperan pasivos la llegada de nuevos pastores que acaricien
sus piedras y que quiten de ellas el terror a los que vienen para
llevarlas al país de los ladrillos y el cemento...