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LA TORRADA |
Paco Nieto
La mañana se presentaba con una cenceñada tremenda. Me puse las chancas y el pasamontañas y, antes de salir del corral, me "enrodié" el tapabocas y cogí la
"cayata". Soplaba un viento del Norte que cortaba la respiración. Las vacas caminaban lentas y pesadas. Al llegar al camino de
La Ñaba había tal "barnetal" que tuvimos que tirar por Fuente el Mesero. La lluvia arreciaba con fuerza. Yo caminaba ausente, pensando en lo dura que es la vida aquí, en el pueblo. Pensaba en la gente de la capital. Quizá si vendo las vacas y me voy a vivir allá todo podría ser más fácil y cómodo! Yo no soy exquisito, por lo que podría trabajar en lo que fuera y ganarme así la vida. Al mediodía llegué a casa. Puse las chancas al lado de la chimenea y me senté en la
"tajuela" al lado de la lumbre. Me hice una buena torrada y la unté con el tocino que saqué del puchero. "Peste", el
gato, ronroneaba mientras le daba buena cuenta al cuero del tocino. En medio de aquella escena me di cuenta que en el pueblo era feliz, que aquello era lo
mío y que no lo cambiaría por nada.
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