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EL SINDU DE FORNALLOS

Pascual Riesco Chueca


Yo estaba delante cuando se echó a la perdición el Sindu por meterse en una quimera. Ya nadie conoce al Sindu, y a lo mejor ni se acuerdan de las quimeras. Así llamaban entonces a las peleas de mozos, que a veces acababan peor que la del cantar: la rivera de Gallegos dicen que no cría hierba, que la tiñeron de sangre los mozos de la quimera. Yo era todavía muchacha y lo que vi se me baraja con lo que me contaron, pero cualquiera de por aquí se acuerda como yo de aquel tiempo.

Cuando entraba el verano, eran muy nombradas las romerías: la de los pendones de allí en Ferreros –que venía gente de toda la raya y hasta portugueses ratiños-, la de la Virgen de Fresnada, metida en monte, o más para acá la de San Roque, que fue siempre la de este lado de la comarca. Allí bajaba la gente muy peripuesta, las mujeres con dengues y justillos y todas acollaradas, y los mozos pinchus, como decían, galanes y echaos palante, a gastar cuatro reales y a hacer valentonadas delante de las vacas.

Aquí la gente siempre fue de mucha agalla, y nadie ha visto a un sayagués sin fachenda, sobre todo entonces, que los mozos estaban enseñados a andar por el monte, y a mirarle de frente al mismo lobo negro que les saliera, y a romperse las albarcas trajinando de pueblo en pueblo, y llegar de noche con más polvo que un zaleo pero tiesos como ajos y con los andares de gallo. Y cuando llegaba el día de la romería, salían antes que el lucero de todos estos pueblos cuadrillas de mozos, agarrados siempre al palo, y con el sombrero grande que antes se usaba, que no se le veía el color de tantos soles y cenceñadas que le había caído. Y también, y, si podían, montadas en burro, y los ricos con carro, llegaban las mujeres y los labradores o los vaqueros, a ver el santo o a comprar un dije o a ajustar un trato. Otras veces venían los saludadores; me acuerdo de uno muy mentado que era de para allá para Carballales y que curaba la potra de los hombres y las aguadijas de las viejas. Y traían en un carreto de vacas, de esos antiguos que tenían el eje chirrión, a uno que decían el portento, con la cabeza grande y todo babado, que no tenía brazos. Debajo de los fresnos de detrás de la ermita se iba poniendo la gente y se levantaba una polvareda buena, y si se podía se echaba un baile valiente, cuando los viejos no refungaban demasiado. De allí salían muchos novios y las mozas veníamos como soles, estrenando la que podía y todas con más ilusión que el día del guinaldo. 

De cada pueblo venía gente, y cada pueblo tenía su fama y su mal nombre. Los de Baufondo eran alabanciosos, porque siempre andaban con fanfarrias; los de Cabreros eran farraperos, que traían más remiendos en los calzones que liendres en la cabeza; a los de Fresnera les decían portugueses, porque eran míseres y hablaban medio chapurreado, y se ponían colorados de rabia con el remoquete; pero los peores eran los de Fornallos, sobre todo cuando les cantaban para picarlos lo de cucos de Fornallos, barriga de galgo y santo de palo.

De Fornallos venía uno que era el Sindu, tiznado y escurrido como todos los de allá, con los calzones repegados, el sombrero roído de cuatro palmos, y el cuchillo al cinto, que los de esos pueblos metidos en fosca no se soltaban ni para dormir. Siempre venía con otros fornalleros, todos hambrones y atravesados, y miraban que daba miedo, y a la primera ocasión levantaban los palos y allí se armaba la quimera. Y suerte si no sacaban el cuchillo, y todo quedaba en voces y polvareda, y ya de sol poniente se metían en monte, a andar leguas y a soltar relinchos avisando, que se helaba la sangre.

El Sindu era enjuto y decían que buen mozo, con la cara oscura y la media sonrisa y los ojos verdes de lobo que miraban con codicia. A mí, y eso que era todavía muchacha, me pasó una vez cerca, y despacio, no me mires, rapaza, que la próxima te brinco. Y al año siguiente, que yo venía con los corales de mi abuela y la saya nueva y él pasó tieso al final de la tarde, de calzón ceñido con botones de chambo, el sombrero echado para atrás y la cara toda en sombra pero bien que se le veían los ojos, rapaza, quédate para el baile, que hogañu vas a ver cómo echan el charru los de Fornallos.

Pero no dio más tiempo a ceremonias, que un rato después ya se había armado la quimera. Dijeron que los de Rapariz se la tenían guardada a los fornalleros, y que ya el año antes habían andado a palos; también se habló de un desprecio que le habían hecho al ganado que traían de la dehesa, y yo oí que les cantaban cucos piojosos, a comer calbotes, que las vacas cotrosas no las quiere San Roque. No fue Sindu el que empezó. Uno muy grande de Fornallos, que siempre llevaba el palo envuelto en la anguarina, fue el primero en tirar de cuchillo y los otros detrás, raparizos raposos, venirvos que vamus a poner los fierrus al remoju.

Yo no vi mucho, porque me apartó mi madre, y nos resguardamos detrás de unos carbizos; pero allí bien que se oían las voces y que llegaba el ruido y el polvo del miedo. Los mayordomos, que uno era el rico de Baufondo, vinieron a separar a palos a los mozos, y mal o bien desenredaron la quimera: pero todavía quedaban dos enganchados, y se arremetían por el suelo con mucha saña; uno era el Sindu. Lo que sí vi es cuando se puso en pie, entre la polvonera, un poco titango, y se metía el cuchillo en el cinto. El otro se quedó tumbado. Y todavía caían palos y con grandes voces hacían corro alrededor del del suelo, que resultó ser uno de Rapariz, que llamaban el charrallo, que estuvo a las puertas de la muerte y si no llega a ser por el saludador de Carballales, allí las cruza.

Y los amigos de Sindu lo sacaron a tirones del sitio y se echaron a andar, unos corriendo y otros a zancada larga. Pasaron cerca de los carbizos donde me tenía mi madre, buscando el monte, y todavía tuvo el Sindu agallas para soltarme porque éstus me llevan, rapaza, que si no, aquí mismo que echábamus tres saltus. Uno todavía echó un jijeo, pero ya no sonaba tan de gallo como antes, porque iban como lobos buscando lo espeso, y los de Rapariz hacían amagos de echárseles detrás.

Pasaron años y terminé de hacerme buena moza, y no lo digo yo, que pretendientes tenía de medio Sayago; pero, con las pocas veces que nos vimos, no se me quitaba de las mientes la cara del Sindu, ni sus andares valientes, ni los dientes apretados con que echaba los cumplidos. Pero él andaba emboscado como las garduñas, y dicen que se pasó para Portugal, y otros que para Argentina, y la justicia se iba olvidando de segurarlo, y a los de Rapariz se les iba pasando la mala saña.

Pero lo volví a ver, y ya sí que no se me olvidará nunca. Yo estaba con mis tíos, que eran montaraces en la dehesa de Fontanicas; y un año dijeron que había vuelto, y que se había ajustado de vaquero en el monte de Carballales, que cría mucha hierba y tenía entonces buenos hatos de vacas sueltas por los prados y andando al roíjo de los robles. Alguna vez, pero no se me acercó, lo medio ví de lejos, muy pincho y a caballo, debajo de los álamos linderos en la raya de Carballales.

Una tarde habíamos ido la Bárbola y yo a la fuente Abruzona a llenar unas barrilas para una cuadrilla de segadores que andaban al centeno de mi amo, y traíamos un burrillo para cargar el agua. Ya bajábamos por la rivera, que es un prado muy ancho y raso, de mucha oveja. Y de golpe, como cuando se levanta marea, escuchamos esquilones y vimos de lejos la polvareda de una vacada grande, y delante un caballo, que venía pegando saltos un poco suelto. La Bárbola, de lo alto del burro, que podía ver mejor, me miró un poco con risa, es el de Sindu. Y yo, con un vuelco, ya me puse a buscarlo y nadie. Bárbola pegó un grito, ¿qué es lo que arrastra? Detrás del caballo iba colgado un bulto medio rebozado en polvo. 

Hacia allí corrimos, y el caballo también se vino para nosotros como buscando compaña. No hizo falta tiempo para caer en la cuenta: lo que colgaba a rastras del estribo, por el pie, era Sindu, y estaba muerto. Un costrón de sangre, ya blanco de polvo, se le marcaba en la pelambre de la cabeza, y yo extrañé el verlo sin sombrero. Venía con la ropilla rumbona de vaquero, la chaqueta corta toda de botones, y el pantalón ceñido y valiente.

Allí fueron gritos de Bárbola, que era aspavientosa, y yo sujetándola, y unos mastines que se acercaron olismando a Sindu. Venía cayendo la tarde como cuando lo había visto pasar garboso el día de la romería. Unos carboneros llegaron y salió un rapaz a buscar un carro a la casa grande de Fontanicas. Por allí nos quedamos, yo tapando alguna lágrima, y la gente contando aleluyas: que si lo habían salido a esperar al camino unos de Rapariz, que si alguien había visto al Charrallo esa mañana llenado el morral de piedras, que si Sindu ya traía escrita en la cara la sentencia.

Y ya no se supo más. El carro fue llegando, con unos bueyes negros que parecían dos curas por lo lentos y por lo serios. Allí lo subieron a rastras entre varios. Bárbola y yo teníamos que darnos prisa para llegar a donde los segadores. Me volví una vez, antes de doblar la loma, a tiempo de ver todavía el carro que subía chirriando el camino; y, allí, como dormido, tendido de vara a vara, con la cara sucia y el pelo revuelto, se me alejaba despacito Sindu.