Ramón M. Carnero
ramonm.carnero@gmail.com
Abril, 2009Después de leer ciertas declaraciones
en la prensa y ver unas fotos referentes a algún
¿político sayagués? bien arropado por dirigentes de su
partido a nivel provincial y más; así como de tomar
parte en el foro “Concejo Abierto” como “leyente”, por
la autocensura a la voz convertida en letras, la pluma,
cual quijada en manos de Caín, saltó del capuchón porque
le hervía la tinta.
Pasado un tiempo –que sigue siendo el mismo porque nada
cambia y algunos se empeñan en que de su lado no cambie-
y examinado el punto de ebullición tinteril, pero con la
tranquilidad que da el que la tinta esté a temperatura
ambiente, he rescatado su reacción.
Por si me había equivocado al interpretar lo que leí en
la prensa y sigo leyendo en nuestro foro, tanto lo que
hacen esos que su ego disfrazado de servicio al pueblo
les hace autoproclamarse nuestros salvadores, como los
que cantan, propagan, recogen y defienden a capa y
espada su pontificado, repasé mis apuntes de teología.
Estos me hicieron ver que el atrevimiento de algunos
para arrogarse prerrogativas divinas, así como la de los
que se empeñan en que bendigamos y alabemos sus
palabras, no tiene límites proclamando su
irreprochabilidad, su intachable conducta, su abnegación
en beneficio de los sayagueses, el sacrificio y entrega
de su vida personal en aras de la colectividad… Así
pues, como seres impolutos, como personas que jamás han
tenido una viga atravesada en sus ojos, su verdad no se
puede poner en duda. Por tanto, los reproches que les
hacemos carecen de sentido, pues no estamos capacitados,
dada nuestra humana naturaleza, para cuestionar las
excelsas virtudes que les adornan en pro de nosotros,
pobres y limitados seres cuya ingratitud no tiene igual.
Nuestra luciferiana conducta nos está llevando al averno
sayagués que ellos quieren purificar desde su Olimpo
alejado de Sayago, ya que si su cielo estuviera sobre la
tierra de sus desazones, sus divinidades y su corte
celestial compartirían con los mortales sayagueses el
mismo espacio y seríamos todos uno comiendo sin temor
del fruto del árbol que tienen a buen recaudo tras sus
flamígeras espadas. Ojalá un día las apaguen para que se
quite de mi frente, de la Jesús, y la de otros muchos,
la señal de caines que han impreso en ellas y acepten
nuestras discordantes ofrendas en igualdad de
condiciones que las de los abeles que les rodean; para,
desde la pluralidad, crear un edémico Sayago en el que
todos podamos vivir para que DESCANSEN EN PAZ NUESTROS
PADRES.
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