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Guardianes de recuerdos |
Ramón M. Carnero
ramonm.carnero@gmail.com
Enero, 2009
La niñez es la etapa de la vida en la que se fijan los
recuerdos de forma imperecedera. Y por más adversos que
puedan parecer, porque la cuna, al ser rústica y
huérfana de algodones, coartó y cortó mis pasos hacia la
sociedad que debía equipararme a otros, vistos desde la
distancia, resultan reconfortantes porque nada ni nadie
ha podido arrancármelos. Es más, a pesar de los malos
tiempos que corrían durante mi niñez, la añada de
recuerdos ha resultado de la mejor calidad; y no porque
la cosecha fuera excelente. Nunca el Sayago llano la
tuvo. Y mucho menos tras la Guerra Civil y sus
consecuencias duraderas en el tiempo; que pilló de lleno
a mi generación; y no digo nada a la de mis padres.
El resultado de la excelente calidad de aquella cosecha
de recuerdos, se debe a que su crianza ha sido entre la
mejor madera que podía impregnarlos con sus aromas, la
de los robles y las encinas de Sayago, cuya esencia, en
parte, se la deben a las peñas sobre y entre las que se
crían; con un toque aromático de la variedad de plantas
que pueblan la comarca.
Sin embargo, y a pesar de esas condiciones, nunca
hubieran llegado a buen término sin el cuidado del más
experto de los bodegueros: mi abuelo materno Lázaro y la
continuidad que le dieron a su buen hacer mi abuela
Ascensión y mi madre, pues él se fue cuando yo tenía
siete años; mi padre tenía bastante con cuidar la piara
de ovejas que permitió sacar adelante otra piara, sus
nueve hijos. Cada lector le ponga sus abuelos.
El amor a la tierra, a las raíces, a la vida que, a
pesar de todo, se abría paso para perpetuarse era tan
fuerte, tenía tanto poder, que el niño tenía momentos
para disfrutar siendo niño, cuando tenía –como yo- la
suerte de tener un abuelo que, contra viento y marea,
cuando estaba en casa ejercía de abuelo rodeándose de
los nietos. Las penas las guardaba para la intimidad de
la alcoba matrimonial, o las dejaba en el campo
encerradas en los cortinos, quizás en chiviteras, puede
que en los rastrojos, quién sabe si entoñadas en los
surcos que abría en la tierra y en su frente; que se
suavizaban con la dulzura que brotaba de la satisfacción
de verse rodeado de su prole y la cara que ponía cuando
les relataba historias de las que casi siempre era el
protagonista.
La realidad que encadenaba al abuelo, a través de sus
cuentos se convertía en mágica realidad virtual, en la
que el niño revivía como niño las aventuras a las que
daba vida la palabra del anciano, al que el nieto no
dudaba en arrebatar el protagonismo.
Visto desde la lejanía, ni yo mismo puedo asegurar que
todos sus recuerdos sean tan reales como fluyen de la
memoria, porque las más de las veces son divertidos. Hay
carcajadas. Los animales, algunas plantas, determinadas
peñas, toman un protagonismo que sólo es viable en la
mente de un niño que es capaz de transformar el campo en
un escenario idealizado donde todo es posible…
Todo lo dicho, y aquello para lo que no he encontrado
palabras, es lo que intento reflejar en mi nuevo libro
de relatos infantiles “Guardianes de recuerdos”; aunque
no sé decir quienes son esos custodios. No sé si los
recuerdos se guardan así mismos. Si son los lugares, los
olores, el espíritu de los abuelos…, donde se dio la
infancia. Pero sí estoy seguro que los años han vuelto
risas lo que hoy sé que ayer fue amargura, pero que no
percibí mientras fui niño gracias a mi abuelo.
¡Ojalá todo los niños fueran niños! Incluso nosotros;
para no joderles la vida. Que eso, y no otra cosa, es en
lo que nos empeñamos los adultos con nuestras cobardías,
con nuestras bravuconadas, con nuestras intrigas, con
nuestra avaricia, con nuestro ego… Ahí está la crisis de
la que desconocemos el alcance actual y en el tiempo,
así como los costes de todo y en todo que tenemos que
pagar. Y lo peor, en qué medida vamos a dejar
hipotecados a nuestros hijos.
Por esto no me puedo embarcar en la publicación de mi
libro de aventuras protagonizadas por niños “Guardianes
de recuerdos”, como he hecho otras veces. Pero sí puedo
hacer, una vez que alcance alrededor de las cincuenta
primeras peticiones de reserva de ejemplar, ir
imprimiendo libros sobre pedidos. Eso sí, la edición
será rústica para abaratar costes y ponerlos al alcance
del lector a un precio sumamente asequible que estará
sobre los diez euros, más gastos de envío. Los
interesados ponerse en contacto conmigo en la dirección
electrónica que encabeza esta ventana.
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RAMON M. CARNERO
"Desde Los Hociles" |
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