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LA CHOVA |
Antonio Cibanal
Bien entrado el mes de junio estaba yo ocupado con las actividades escolares y ni me había enterado que estábamos en la época de la recolección del heno hasta que un día dijo mi padre; el primer prado para ir a recoger la hierba va a ser el de El Águila, en días sucesivos iremos al Corneto, al Fondón y La Retuerta que están todos a unos cuatro kilómetros del pueblo y entre ellos alguno a más de ocho, dejaremos para los últimos el de Pelayegas y el trozo de Fuente Forcaza que solo están a tres, tardaremos bastante en traer toda la hierba para casa porque con estas distancias solo se puede hacer un viaje diario, continuó; aquí es que te matas recorriendo caminos para llegar a las parcelas en distintas direcciones y la mayor es de una Hª., cuando llegas allí ya estás agotado y no has empezado a trabajar; inocentemente le pregunté por qué no las juntaba todas y sería más fácil, ¡ah cuanto trabajo se evitaría si pudiera hacerlo!, mira para ir a El Águila a por una
"estaconada" de hierba que habrá, he tenido que ir un día con la máquina a segarla y volver al pueblo, otro a darle la vuelta a la hierba para que se seque y ahora otro viaje para acarrearla, total unos 24 kilómetros y así en todas las parcelas, esto es un atraso que te quita la ilusión porque te matas callejeando y no haces nada; cuando seas mayor voy a intentar conseguirte un trabajo fuera de aquí, porque la gente es reacia para pedir una concentración que te animaría a seguir con esto, habría más futuro, porque se haría una charca, una nave para dejar la máquina y el ganado, y nos desplazaríamos hasta el pueblo con mucho descanso subidos en la mula, aquí quedaría todo lo demás, fíjate cuanto aprovecharíamos el tiempo que perdemos callejeando, pero en estas condiciones mal sobrevives y gracias a la huerta, los huevos de las gallinas, la matanza y la leche de las vacas, pues cuando sobra mucha tu madre hace un queso.
El domingo fuimos a El Águila, porque ya había dado permiso el señor cura para trabajar los festivos en esta época de recolección y la Guardia Civil no nos podía multar, a mi me hacían la puñeta porque como no había escuela tenía que tirar del rastrillo que a veces se enganchaba en la pradera y me daba en la cara con el mango, pero decía mi padre; el trabajo del niño es poco pero el que lo desprecia es tonto; tu cuando te canses lo dejas, todos íbamos al campo y en las casas solo quedaban los viejos.
Este fue un día muy especial para mí, salimos muy temprano hacia el trabajo, todavía era de noche cuando me levantaron de la cama mis padres, ellos ya habían terminado de ordeñar las vacas y de ponerle el “beberajo” que era el complemento alimentario que daban a las que ordeñaban, a las demás solo las “empajaban”; sin lavarme me fui directo a la cocina donde mi madre tenía preparada una cazuela de barro con sopas de leche encima de la camilla lista para desayunar todos los de la casa. Este era un desayuno de lujo que nosotros lo teníamos a diario, porque en casa había vacas lecheras que la producían todo el año, por eso se podía, en la mayoría de los hogares tenían vacas sayaguesas para utilizarlas como animales de tiro, y salvo si alguna estaba recién parida y le sobraba leche al ternero que criaba, aprovechaban para ordeñarla, el resto de las familias y de los días del año desayunaban siempre ”patatas machacás “ . El maestro en la escuela repetía siempre un dicho suyo que resumía aunque exagerando, la alimentación de los sayagueses, él mismo se preguntaba y daba la respuesta terminando con una gran carcajada: P.-¿qué has desayunado? R.- patatas. P.-¿qué has almorzado?. R.- patatolas. P.-¿qué has cenado?. R.- patatas solas. ¡Carcajada!.
Antes de agotar todo el desayuno se levantaron, mi padre para atar las mulas al carro y mi madre para colocar en la cesta de mimbre el puchero donde había cocinado no sé cuando, el arroz con bacalao, la tortilla de patatas, y un poco de tocino y chorizo; era la comida que siempre preparaba para llevar al campo, pues hasta próxima la noche no se regresaba.
Cuando llegamos al prado ya se había quitado la marea de la noche y la hierba cortada de hacía cinco días estaba reseca, por eso enseguida cogimos los rastrillos y tornaderas e iniciamos la tarea de amontonarla hasta que llegó el mediodía, a esa hora caía el sol encima de nuestros cuerpos como plomo fundido, ¡hacía daño!.
Paramos para comer a la sombra de una encina, extendió mi madre en el suelo un mantel que al caer sobre el rastrojo de la hierba segada, lo iba traspasando, nosotros le veíamos la ventaja de que no se despegaba del suelo cuando venía alguna tímida “bufada” que agradecíamos.
Nos sentamos en el suelo alrededor del mantel y al terminar de comer, ese mismo emplazamiento sirvió de cama para echar una rápida siesta dejando caer el cuerpo sobre la pradera.
Cuando ya caía la tarde y a punto de acabar de hacer la carga, tuvimos la visita del Sr. Manuel el pastor, pues a pocos metros de nuestro prado tenía sesteando las ovejas; dijo, voy a empezar a moverlas para que beban agua y coman un poco, pasaba toda la noche con ellas pastoreando porque durante el día se amarizan quedando casi inmóviles.
Llevaba colgados en bandolera la flauta y un morral bien pertrecho de hogaza de pan duro, tortilla, tocino y botella de vino para cena y desayuno. Lo vi porque me llamó para darme una chova que llevaba dentro. Era un polluelo que había encontrado casi agotado por el calor en medio del camino y a punto de morir, por el aspecto del plumaje y del tamaño tenía que estar a punto de iniciar el vuelo, era grande, majestuoso por lo menos eso me pareció, y no me importó que me hiciera daño con sus garras al ponerlo en mis manos, solamente tenía algo que no me acababa de agradar, era su color negro acharolado que se me antojaba fúnebre pero lo compensaba su pico amarillo mas las ganas de tenerlo, por lo que me quedé encantado y atendí las explicaciones del Sr. Manuel acerca de cómo debía alimentarlo, cuando llegues al pueblo dijo, vas a buscar lombrices y se las das, solo come eso, en dos o tres días le recortas un poco un ala para que no levante el vuelo pues si se escapa puede morirse al no tener a sus padres para alimentarlo, no se si me dio más explicaciones estaba loco de contento y no atendí o no me acuerdo de más cosas.
Al llegar a casa lo metí en una caja para que no lo comiera el gato mientras descargamos la hierba en el pajar que iríamos llenando poco a poco. En cuanto acabamos cogí una azada y ya casi de noche fui a buscar lombrices consiguiendo tres, se las puse dentro de la caja y no miraba para ellas, fue mi padre el que me indicó que había que abrirle el pico y meterlas en la boca de la chova hasta que aprendiera a comer sola, me fue muy difícil pero lo logré. Tardó dos días en comer sola y cuando aprendió me faltaba tiempo para atenderla, ¡qué voraz!, no le daba traído lombrices y pasaba hambre.
Mi madre le ponía comida al gato en una lata de conservas vacía y mientras comía yo sujetaba la chova para evitar que le diera caza, pero un día me descuidé y sin poder evitarlo echó a correr hacia donde estaba el gato, lo vi todo perdido, pero nos sorprendió a todos porque le dio un picotazo en la punta del rabo que tenía bien estirado en el suelo y del susto y dolor dio un maullido aterrador pegando un salto tremendo con posterior carrera de alejamiento, después se dio la vuelta y acercándose a la chova muy despacio con ojos como platos vio como se apoderaba de su comida que eran garbanzos con patatas, el gato se sentó cerca para ver cuando podía seguir comiendo el.
Desde aquel día se me quitaron los problemas para alimentar a la chova, le ponía más ración en la latita del gato donde comían los dos, eso sí, esperaba el gato a que terminara la chova, no por deferencia con el forastero, pues vi como en alguna ocasión se disputaron el turno y quedó claro quien mandaba.
¡Cuanto disfruté con la chova!, al regreso de la escuela me recibía dando graznidos y agitando las alas, si iba alguna parte la llevaba encima del hombro, o en la carretilla del agua cuando me dirigía a la fuente a llenar los cántaros, el resto del tiempo estaba casi siempre con las gallinas que al principio la miraban recelosas y se alejaban de ella produciendo gran bullicio, pero se hicieron amigas y al poco tiempo ya dormía en el gallinero, se hizo doméstica.
Un día por la mañana la eché en falta se había salido a la calle por la gatera del corral y no la volví a ver más.
Los de casa y vecindario lo sentimos tanto que todavía la recordamos, ¡qué tristeza! no nos dio tiempo a devolvérsela a los suyos en el campo, desapareció antes y nos consolamos pensando que se nos adelantó marchándose sola a propósito para evitarnos el mal momento del desenlace.
¡Qué grande es esta Tierra!, por eso todos los que aquí nacimos y vivimos nuestra infancia tenemos alguna “chova” para recordar que nos enternece y se lo debemos a nuestro querido Sayago, no podemos permitir, pues seríamos unos mal nacidos, que los de afuera vengan a apoderarse de lo nuestro con maldades que solo nombrarlas nos asusta. Espero que los de dentro, no nos portemos con Sayago como Judas con su Maestro, y si tratamos de hacer algo sea solo para engrandecer este rincón mejorándolo. Para eso hay que dejarse en paz de protagonismos ni dárselas de listos porque se venga de otra parte con aspecto aseado y de intelectual enteradillo, hay que contar con la opinión de los que aquí viven, son los que mejor saben qué es lo más conveniente. Dice el refrán: cada cual en su madriguera sabe más que el que viene de afuera. No lo olvidemos nadie.
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