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SAYAGO |
Herminio Ramos Pérez
Cronista oficial de Zamora
Sayago, el Santyago de algunos historiadores se sitúa al
sur del Duero, rodeado por este por el Norte y el Oeste
y enmarcado al mediodía por el Tormes. Esta especie de
cuadrilátero está constituido por un gigantesco batolito
granítico, solo abierto hacia el naciente y separado por
un cordón de tesos, la llamada orla o aureola
metamórfica, de tesos que separan el granito de las
tierras terciarías del valle del Duero y en este caso de
la Tierra del Vino, su límite por el Este. Tierras de
Vaceos que limitaron sobre ese rincón arisco y hasta
inhóspito una auténtica raza de titanes capaces de
sobrevivir, de arraigar y de crear una sicología, una
mentalidad y una forma de vida. Ese determinismo
geográfico marcó Sayago y a los Sayagueses hasta
convertirlos en una auténtica epopeya humana.
El Duero al despeñarse desde Zamora, baja desde las
Pajarancas hasta la confluencia del Tormes más de
doscientos cincuenta metros y al cabo de millones de
años ha excavado en pleno granito ese surco gigantesco
que hoy acoge los saltos de El Porvenir, Villalcampo, El
Castro, Miranda, Picote y Bemposta y el mismo Tormes
Almendra.
La misma Roma, a pesar de su hostilidad y fuerza, cruzo
este cuadrilátero de Este a Oeste y de Norte a Sur,
desde Occelum a Miranda y desde Bletisa al Itinerario
XVII cuyos restos marcados por Puentes y Fuentes nos
hablan de una administración además de auténtica
colonización.
Agricultura y ganadería, Cortinos y Cortinas cargados de
afanes y de esperanzas, santuarios sobre los cerros y en
los valles, y en las riberas Molinos y algún Batan,
mientras al fondo el milagro del clima en frutales,
olivos y viñedos, como un milagro sobre la geografía
dura y hasta agresiva, sobre esas navas y valles de
ribera, fresnos o algún robledal y grandes encinares,
dehesas cuyos nombres son como el eco de una lengua que
balbucea por el eco del latín de Roma y se agarra al
romance que llega impaciente y seguro, Anguarinas,
Casacas, el Sagum Ibérico convertido en “Sayo” y
Anguarina, todo un testimonio digno de conocer y de
adentrarse en el seguro de sorprenderte en cada
descubrimiento y en cada momento.
Y para que nada haya pasado sin dejar huella, de cuando
en cuando un topónimo árabe nos recuerda esos siglos,
nada pasó por esta tierra, por este rincón que no dejara
huella, unas veces en las vías, otras en los Castros y
en los santuarios y siempre en la cultura elaborada con
ese conjunto de aspectos, de detalles, de restos y de
curiosidades pero además en el espíritu creado al cabo
de milenios, La Dureza de esa tierra ha creado un tipo
humano capaz de arrancar al destino más hostil la luz de
una estrella de esperanza. Acaso aquella estrella pasase
por estas tierras y dejase de su paso ese Santiago que
hoy nos ofrece su suelo y su historia.
24-12-2004
(Artículo cedido a
www.sayago.com por
el autor)
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