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EL PASTOR |
Samaniego
Acababa de despertar, no sé bien que hora sería, quizás
las 6 o 7 de la mañana. Apenas saqué la cabeza de entre
la sabanas y como de costumbre el frío arreciaba de
forma cruel.
La cama estaba situada en la buhardilla separada aun
metro del techo y el frío penetraba incansable por entre
la ripia y la teja, claro que, las cuatro mantas
zamoranas que me había echado encima pesaban lo suyo y
abrigaban lo mío. Hacían posible pasar la noche
calentito, lo malo era salir de entre ellas, claro que,
entre el sentido de la obligación o quizás más bien por
los gruñidos de mi madre que me llamaba insistentemente,
me decidí a salir de la cama.
El día no auguraba grandes sobresaltos, después de
desayunar unas sopas de leche con algo de café me eché
al morral una buena porción de pan acompañado de un
torrezno tamaño iceberg. El día se hacia largo, aunque
en realidad los días de invierno son cortos pero había
que estar bien equipado para hacer frente a la jornada.
Hoy toca pastorear las ovejas, más bien pasar frío,
porque en realidad estaba todo cubierto por las heladas
y las ovejas caminaban sin cesar en busca de alguna
hierba u hoja que asomara de entre el hielo para
ingerirla. No era tarea fácil para los pobres animales
buscarse el sustento ante las adversidades climatologías
y la escasez de medios por nuestra parte para
alimentarlas. Yo las seguía a poca distancia esperando
que se aburrieran de andar y pararan en alguna parte,
así podría intentar hacer fuego al abrigo de una mata,
que no era tarea fácil. Lo conseguías siempre y cuando
encontrase una escoba seca debajo de alguna peña, las
cerillas no estuviesen húmedas y los dedos de las manos
no estuviesen inertes. Era vital hacer lumbre para
calentarse pues sin ella era difícil soportar las bajas
temperaturas a las que nos sometía la inclemencia del
invierno.
Al calor de las brasas tostábamos unas rebanadas de pan
que untábamos con tocino, aunque fuese rancio algunas
veces, pero que con un trago de vino de bota sabia a
gloría bendita. Algunas veces había suerte de poder
compartir la sobremesa con algún otro afortunado que
corría la misma suerte que tú. Porque compartir miseria
siempre une mas que compartir riqueza.
El tocino y pan nos proporcionaba alguna energía que
desgastábamos con mucho gusto. Saltábamos y corríamos
como los corderillos cuando acaban de mamar y compiten
en sus carrerillas como si de una olimpiada se tratase.
Nuestra olimpiada era el maratón por llegar a alguna
parte sin saber muy bien la meta.
La tarde ya declinaba como si quisiera anunciar que
había cumplido mi misión y que ahora
volvería a casa ya de noche. Aún quedaba algo de tiempo
para ir a la plaza del pueblo y unirte a otros
compañeros para disfrutar del juego, que consistía más o
menos en correr de nuevo, tratando de esconderte en la
oscuridad de la noche, buscando alguna sorpresa en el
devenir del tiempo que te anunciara que algo iba a
cambiar que allá en el horizonte al amanecer un buen día
verías, que las ovejas se convertían en bichitos llenos
de encanto, o el inverno cruel desaparecía de aquellos
lugares o quizás la miseria fuera la antesala de un
mundo más justo, donde la única alternativa no fuera
abandonar tu propio entorno en busca de algo mejor. Si
te conformas con lo que tienes, lo tienes todo.
Samaniego
17-04-2007
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