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EL MI NIETO Y YO |
Vaciacubas
Hoy estoy triste. Sí, lo estoy y mucho. No, no os penséis que se
me ha escogorziao ninguna cuba de vino. No es eso. La magia de la
madre naturaleza sigue su curso, y gracias a Dios, tanto el vino
tinto como el blanco, siguen reposando y mejorando gracias a unas
condiciones óptimas de bodega, las cuáles dotarán al mi vino de
unas propiedades organolépticas del más alto nivel. Estoy triste
por lo siguiente: Hoy me levanté pai pa las cuatro y media de la mañana.
Aprovechando la presencia del mi nieto, el más pequeño de los que
viven fuera de Fermoselle, como tenía fiesta hoy, decidí salir a
vender vino a esos pueblos de paí, ya que dispués de tantos años
y tantos amigos disperdigados por la geografía de ésta tierra, el
cuerpo me pedía mantener la monotonía de toda la vida y visitar a
mis clientes y amigos. Hoy cumplo 85 años. En Fermoselle pintiaba,
y ya me levanté enfadado por que se me había aventado la leche y
había discutido con el mi nieto. Iba como un andrabajo, y le dijé
que si quería venir conmigo y ganarse el aguinaldo, debía ir cómo
persona y guardar las apariencias, muy importante en Sayago para
vender vino. Y es que ya se sabe, el hombre por el traje y la perdiz
por el plunge. Salimos de casa. Apechamos la puerta y nos dirigimos
a la cuadra de las Eras donde guardo las caballerias. Abrimos la
portera y el macho alampó por el postigo. Ese macho acamperao que
esbravé yo años ha. Estaba cómo yo. Cansado, viejo, triste, pero
con ilusión, de un día más, salir de viaje. Yo me subí en el
macho, y el mi nieto subióse en la mula, con las alforjas y seis
pellejos de vino. En las alforjas comida y aguardiente pa dos días.
Partimos despacio. Buey viejo, paso seguro. El mi nieto, de 18 años,
sacó el tema del cementerio nuclear ese. Estaba preocupado. Hacía
frío. Mucho frío. Pasamos por el arbol de corcho. Siempre ahí.
Majestuoso e inalterable. Me explicó a grandes arrasgos que era eso
del cementerio nuclear, que era malo y peligroso. Muy peligroso. El
sabe. Permanecí callado. Siguió dando explicaciones técnicas y
aportándome datos al respecto. Estaba informado. Seguimos la ruta
que siempre hacía desde que salía yo con padre hace 74 años a
vender el vino. Pinilla, Fornillos, Formariz, Cibanal, Villar del
Buey, Muga y Bermillo. Luego de ahí iríamos dirección
Torregamones si quedará algún pellejo de vino por vender. Ahora
están mejor las carreteras que antes, que parecían andurriales. Al
llegar a Bermillo, ya habíamos vendido todo el vino. Hable con
viejos amigos y clientes. Otros ya no estaban. Habían muerto. Hable
y trate con sus viudas, sus hijos e incluso con los nietos de ésas
personas que en su día convencía de que el mi vino era el mejor.
No era lo mismo. Faltaban ellos. El mi nieto, cómo yo le había
ordenado, atentamente escuchaba y obedecía lo que yo le dijera.
Tras la verborrea que me había dao de lo del cementerio nuclear, fui
preguntando a toda esa gente a la cual surtía del mi vino. Hablé
con la viuda de Jeremías, gran amigo mío, el cual siempre por
Navidad me regalaba un cancín. En Fermoselle nunca le faltó
morada. Le pregunté sí sabía algo del tema, y su única obsesión
era que el gobierno no le quitará la pensión y qué el lobo no
actuará por las majadas de los sus hijos. También hablé con la
hija de Ramón. Él no estaba. Estaba ingresado en Zamora debido a
una úlcera. Eso dijó. No sé. Le pregunté sobre el tema. Su
respuesta fue que si lo querían poner, lo iban a poner. No había
que preocuparse. El mi nieto agachó la cabeza y apartó la mirada
de la buena mujer. También estuvé con el nieto de Domingo, que no
estaba, ya que había ido ayudarle a hacer la matanza a su amigo José.Le
saqué el tema. Dijó que le daba igual, que el lo único que quería
era vender las ovejas y marchar a Móstoles, donde tenía un amigo
que le había dicho que trabajando en la construcción se ganaba
mucho dinero y era más cómodo que las ovejas. Él mi nieto salió
de la casa sin mentar nada. Salimos de casa de Domingo y partimos
pal pueblo. Estaba triste. Sentí que se me picabá el vino de la mi
bodega. Sentí que las mis viñas estaban siendo destruidas por la
filoxera. Noté la ausencia de la energía que movieron los hincones
grandes como iglesias de los paredones de las cortinas de Sayago,
esa voluntad necesaria de los pastores para enfrentarse a la noche
junto a la majada para proteger el ganado. Esa voluntad para gaviar
dónde nunca antes se pensó que nacíera ni la mala hierba. Noté
que faltaba el poder de transformar el mal en bien.Me sentí sólo.
Estaba cansado. Era de noche. El mi macho estaba cansado y la mula
no se tenía. Hacía frio. Este tiempo no deja oveja con pelleja ni
pastor enzaramado, pensé. El mi nieto tenía sueño.No hablamos
nada en todo el camino de vuelta.Ya entrando en el pueblo, a la
altura del árbol de corcho, repentínamente él mi nieto se pusó a
llorar. Le pregunté que pasaba."¿por que lloras, crica?"No
respondió. LLegamos a casa. En encerrando los machos nos sentamos
al brasero.La su abuela le sacó un tazón de leche con unas
madalenas, y a mi, como de costumbre, las sopas de ajo con mucho
pimentón."¿Abuelo?".Dime nichi."¿quién va a
luchar por Sayago?¿tus viejas amistades?¿las viudas que dejarón
tus viejos amigos?¿Esas mujericas viejas y cansadas?¿ o lo hará
el nieto de tu amigo Domingo?¿ese al que le has vendido medio
cantaro de vino al cúal le da lo mismo el vino que la espiensa y se
quiere ir a Móstoles a vivir?¿ese luchará por esta tierra?"
No tenía respuesta. Bebí una pinta del mi aguardiente. Me dí
cuenta que ésas botellas que tenía guardadas de hace dos años en
la mi bodega para regalarlas para los cokteles molotof, nunca tendrían
manos para ser lanzadas, y que las piedras amontonadas en la ceña
nueva, nunca cogerían vuelo. Porque Sayago estaba cansado. Pero mi
nieto no. Sus entrañas estaban más calientes que el cisco del
brasero, y sus ojos escupían veneno. Me asusté. Nunca lo había
visto así. Quería luchar. Entonces pensé que es lo que haría una
vez de vuelta a casa con sus padres. Me pregunté si se acordaría
de sus abuelos cuando pusiera la tele para ver el hermano grande ese
del canal cinco. Me pregunté si se acordaría del árbol de corcho.
Al recordar su mirada, descubrí que las botellas vacías que mantenía
y custodiaba con tanto cariño en la mi bodega sí tendrían dueño,
y no estarían huérfanas de mano pa ser lanzadas, y que en el sitio
dónde se amontonaban las piedras de la ceña nueva, el mi nieto algún
día plantaría la cepa de Juan García más bonita y grande del
mundo, en ese sitio que dejarán las piedras que algún día, si
hiciera falta, volarían como lo hace el buitre leonado por los
parajes de Borbón. Estaba triste, pero no tanto. Sí vos hacen
falta más botellas, pasar por la mi bodega o preguntar por mi en El
Mentirote.
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