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EL ADIOS EN UN BOTIJO

Gorsei Rialuga 


Un adiós en el aire y un suspiro en un botijo. Tres años de intensa relación, un corazón acondicionado para amar y unos ojitos, los míos, desacostumbrados a la tristeza... Ella fue capaz de olvidarlos, de poner en ellos, en mí al fin y al cabo, ese punto final que parecía inexistente hasta el mismo momento en el que perforó mi moribunda conciencia adolescente. Decidió por sorpresa el destino de ambos en mitad de aquel trago saciante; agua fresca que dejó en el paladar el más amargo recuerdo que puedo retener. Y fue testigo el aroma de un marzo recién estrenado, la brisa de una tarde que se antojaba preciosa y el balbuceo de mi hermano Santi que aún gritaba “mamá” cuando quería decir “vámonos de aquí”. Espetó su frase de despedida como si no le costara decirla, como si de sus labios manaran las notas de una música celestial... Tal vez por eso me costó deducir que aquel “se acabó” quería decir eso mismo, que el “nunca más” templado en su melosa vocecita de sirena quería decir “para siempre” y lo peor: que iba en serio. Por eso mismo no atraganté el trago con un tosido de sorpresa, ni capé violentamente el fluir de aquel pitorro tras oir esas palabras. De la pose reclinada de mi cabeza, recorté el recorrido de aquel chorro acercando los morros al botijo y cuando al fin hice contacto con el barro fue mi mente capaz de descifrar aquellas frases y el entendimiento se tradujo en un suspiro soplado en el cacharro. Cuando volví la mirada hacia “mi chica” su espalda ya se alejaba con paso centimétrico y veloz, con la cabeza gacha dejando en lo alto su nuca de brillante castaño. Santi quedó callado unos segundos como enterado de todo, y sólo un potente “¡mamá!” reventando detrás del eterno silencio consiguió devolverme a la rancia verdad. “Ni lo sé ni me importa”, me repito a veces desde entonces, siendo cierto que no sé el porqué de aquella tarde, pero falsa esa indiferencia con la que he disfrazado mi orgullo mancillado desde entonces. En mis recuerdos sólo sé que fui perfecto. Un caballero imberbe de exquisito trato, rechazado por el sinsentido de una niña caprichosa. Un pobre desdichado entregado hasta el punto de que un día agotó sus encantos tantas veces a disposición de una amada insaciable, una vampiresa... ¡una bruja! Y sí, me desfogo tras tanto ímpetu, pero el verlo así ya no me consuela porque yo podría ser el bueno y ella la mala, yo víctima y ella verdugo, pero mi vida no es como un cuento de niños. Tal vez en mi historia el bueno sufra, pero el malo, si es “malo” también tiene que sufrir. 
Santiago olvidó pronto sus palabras, perdidas en su mente entre tantos sonidos extraños, indescifrables para un niño de su edad. Pero aún hoy al revisar antiguas fotos de hace años guarda silencio y me lanza reojos cuando la descubre sonriente haciendo el ganso en el tiempo en el que entre nosotros aún había historia. Ser inconsciente testigo involuntario le ha hecho formar parte de esa desdicha que se ha grapado a mi espalda, que me lastra y aún pica cuando echo la vista atrás. Pudo vernos abrazados como bobos rodeados por el mismo decorado de aquel día, meses antes, cuando al derretirse la nieve del mes de enero nos llegábamos hasta el río con la excusa de ver cómo bajaba. “Llevaos al niño”, decía mi madre con la esperanza de poder dormir la siesta de un tirón sin tener que levantarse a consolarlo. Y Santiago dejaba sus berrinches nada más oler la brisa húmeda del campo. Le dejábamos absorto en su cochecito con aquella mirada suya que atravesaba todo lo que se le ponía en frente... pero seguro que nos vió en cien mil abrazos, que aprendió a distinguirnos entre el lío de los besos y en la intrincada red de las caricias. Y él no sabía que aquello era quererse, no se fijó nunca en el erizar de los pelos de mi brazo, ni en el temblor de las piernas... o quizá sí lo hizo, y le dio la misma importancia que al furtivo rayo de sol que escapaba entre las nubes o al chirriar de la vieja madera de las desnudas ramas de los álamos zarandeada por el aire. Para Santi fuimos una parte más del decorado de su infancia, tan breve como efímera. Por eso al verla en las fotos tiene esa extraña sensación que no comprende, porque la sonrisa que en ellas tiene es como aquellos patucos que se rescatan del fondo de un cajón veinte años después de haberlos usado. 
Resulta difícil encontrar en lo extraño algo que suene familiar. La he vuelto a ver, muchas, muchísimas veces. Alguna vez, incluso, he vuelto a escuchar su voz, su risa... pero es tan distinto el sentimiento que ahora se despierta en mí que podría jurar ante la Biblia que no es ella. Es la misma de las fotos; es su pelo, son sus ojos, son sus gestos... pero en conjunto no puedo dejar de mirarla como el que mira la casa de un amigo que un día se mudó y en la que ahora viven unos extraños. Un furtivo “adiós” en aquel trago hizo que ante mí cayera la torre de ilusiones que habíamos creado jugando a ser mayores. Una torre construida de adobe que no costó mucho empapar con lágrimas hasta hacerla barro. Un barro que, aunque ya seco, aún sigo pisando. El amor se fue a lomos de una trucha, río abajo, cabalgando con destreza allá a lo lejos y yo me lo imagino cuando bajo con mi caña y mi aparejo queriendo a veces cambiar la lombriz de mis anzuelos por un suspiro que le haga remontar corriente arriba.