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RELATO CORTO A UNA MORERA

Ana Ferrero

(Badilla de Sayago)
Junio, 2010

Doce de la mañana de un domingo cualquiera de verano. Entonces todavía éramos ocho o diez niños en el pueblo y el doble de veraneantes por lo menos. Nuestro entretenimiento en las sofocantes tardes de verano consistía en cazar mariposas para luego soltarlas y subir las altas y complicadas ramas de la morera. Para mí era casi como un árbol sagrado en el sentido más pagano de esta palabra: llegar a coronar todos sus troncos secundarios era como lograr un sueño. Todos tenían un nombre; ahora mismo no recuerdo si los bautizamos nosotros o estaban ya consolidados, pero subir a “la perdiz” era un reto que sólo conseguían los mayores. Era una rama gruesa, totalmente vertical, y mi esmirriado cuerpo nunca tenía la suficiente corpulencia para intentar su escalada. Yo me conformaba con “la cagada”, y perdón por la expresión, pero así conocíamos a la rama más sencilla de acceder; después de trepar por un tronco ancho y lleno de agujeros , tornábamos nuestra vista a la derecha y aquella rama, perpendicular al tronco, era si cabe más gruesa que aquel.
Después de misa, y con nuestras mejores galas, subíamos a la morera; el vestido nuevo y casi siempre de algún tono claro, volvía a casa lleno de manchas de mora. La mora con mora se quitaba, así que también regresábamos provistos de moras verdes que eliminaban las manchas que dejaban las ya maduras: la regañina de mamá era así más pequeña.
Quizá sea añoranza de niñez, pero ya no veo a los niños en los calurosos días de verano acudir al frescor de la morera. Creo que sus retos han cambiado y prefieren terminar cualquier juego en la consola que unirse en un solo ser con la morera y disfrutar con ella. Para mí sigue siendo mi árbol sagrado: LA MORERA

Junio, 2010